Definitivamente el parque Agramonte de mi ciudad es el parque de mi infancia. Lo recuerdo nítido cada tarde de domingo, sus losas de granito, sus bancos, su estatua, mi Agramonte.
Allí está él, machete en mano, al frente de su eterna caballería de camagüeyanos, con el corcel dispuesto a galopar por encima de las esbeltas palmas honoríficas del lugar.
Cuando no levantaba siquiera la media cuarta que levanto hoy del piso no sabía de la recaudación pública que se hizo para construir tamaño monumento, 17 848 09 pesos en oro español, nunca los números había dicho tan claro el amor y el respeto que un hombre puede representar. Sigue leyendo













