Historias de solidaridad

Algunas te dominan. Hay veces que transcurren frente a ti y te sobrecogen. No siempre puedes columpiarte entre la historia y la gente que la cuenta. Los sentimientos te juegan malas pasadas, te llevan, te usan. Esas veces te vuelves una mala periodista y un mejor ser humano.
Pero hay veces que mientras lloras logras entender. Logras sentir el por qué un cubano, de esos que dicen que los hombres no lloran, junta y despega las manos en claro nerviosismo, y cuenta sin parar, como quien lleva horas en silencio tratando de tragar lo que no pasa, lo que necesita sacar, lo que le quita el sueño, lo que le apaga el brillo de los ojos. Esas ocasiones valen todos los errores, todos los minutos, todos los orgullos, todas las bofetadas al rostro: este es un pueblo de temple, de vida, de entrega, de valientes.
Porque hay que ser valientes para tener miedo, para que las lágrimas se agolpen en los ojos, las manos aún acumulan toda la ansiedad del pasado octubre en Bolivia y asegurar que valió la pena, y desbordar la voz de dolor por los pacientes que los necesitan allá, ahora más que nunca.
Esa es la grandeza de los médicos nuestros. Armados de medicamentos y horas de sueño acumulado se van al corazón de la Amazonia, a un desierto, … a una nación en emergencia sanitaria… a salvar y a sanar. En eso andaban por el sur andino Elizabeth Rojas Álvarez, especialista en Medicina General Integral, y Oleicy Ábalos Álvarez, especialista en Ortopedia y Traumatología, quienes no solo comparten labor sino la vida en matrimonio al igual que José Dimitriv Cardoso Puentes, especialista en Ginecobstetricia, y Rosa Caridad Suárez Zayas, Licenciada en Laboratorio.

“Bolivia es un país hermoso, la acogida de los compañeros y de los pacientes fue muy buena, asegura Rosa. Llegué previo a mi cumpleaños y me lo celebraron. Una acogida muy buena, ellos le tienen un respeto a los cubanos tremendo, porque ellos saben que la medicina aquí está bien preparada. Una aprende muchísimo allá, porque hay muchas enfermedades que no existen en Cuba. Todos nos sentimos muy bien, teníamos muy buena relación y compartíamos muchas cosas de trabajo, muchísimas”.
“Los bolivianos son muy trabajadores, señaló Oleicy, desde las 3:00 a.m. están trabajando. Condenan el robo, no son personas ostentosas, y en general muy agradecidos de la brigada médica”.
“El hospital general de Riveralta, comentó Rosa, era de segundo nivel por los médicos cubanos. En estos días falleció una señora a causa de un hematoma epidural porque no hubo neurocirujano que la operara, una mujer joven que podría haberse salvado de estar el neurocirujano nuestro allí”.
Drs. Oleicy y ElizabethOleicy tiene una mirada clara y la voz firme, pero con cada palabra se quebraban los diques. “La situación en el hospital municipal de Montero es muy impactante. Por mucho que hizo el presidente Evo con la aprobación del sistema único de salud era impactante. Él que no tenía dinero no podía pagar la consulta, ni Rayos x, y menos pensar en una operación. El costo de los instrumentales en traumatología se encarecía mucho necesitaba alquilarlo y comprar también lo que se le iba a colocar, como mínimo le salía en 3 mil dólares ”.

“Los nacionales piensan diferente, buscan siempre la manera de que vayan a las clínicas privadas, comenta José Dimitriv. Allá, por ejemplo, el control, prenatal es bastante irregular y podían llegaban con dos controles en todo el embarazo. Muchas veces llegaban sin ultrasonidos diagnósticos y se descubrían malformaciones con tiempo muy avanzado sin que se pudiera hacer mucho era situación difícil porque la interrupción no esta permitida.
“Además las pacientes preferían nuestra atención. Nos preocupábamos por sus familiares, porque también estuvieran atendidas y si tenían alguna patología las derivábamos con los colegas que pudieran atender el caso”.
Elizabeth vivió esta experiencia más cercana a los pobladores. “Era su médica comunitaria. Pude ver a los pacientes como un ser biopsicosocial. Los visita en sus casas les entrega sus medicamentos les daba seguimiento. En Bolivia son muy recurrentes las enfermedades tropicales, el chagas, el dengue, los problemas de presión, la tuberculosis. Se veía los pacientes que con manifestaciones de tiempo no iban a atenderse y con el seguro aprovechaban, pero en algunos casos ya era muy tarde”.
Esa era la parte triste, como confesó Oleicy, a quien le tocó atender a una muchacha de 21 años que al no tener seguro médico no pudo atender a tiempo una lesión maligna y falleció; pero contrasta el hecho con Germán, que soltó sus muletas con más de 70 años y después le llevó cuanto conocido padecía de una dolencia “al médico que le salvó las rodillas”.

Dr. José Dimitriv y la Lic. Rosa
Rosa y José también listan sus recuerdos. Las mujeres que iban con dos o tres de hemoglobina porque se habían provocado el aborto. Los casos casi diarios de cáncer de cuello. Un tema que los llena de orgullo es la terapia intensiva del hospital. “La sala estaba cerrada, rememoró Rosa, y por los pedidos del intensivista cubano a la alcaldía se reabrió. Muchos de los que hoy están caminando en Riveralta le deben la vida a ese primer intensivista que estuvo allí, luego los demás siguieron su trabajo”.
Los cuatro participaron en las ferias de salud. Las jornadas que se hacían de jueves a domingo de 7:00 a.m. a 7: 00 p.m. eran la oportunidad para que un mayor número de personas fueran atendidas de forma gratuita “porque viven en lugares intrincados, o porque los mandan de un especialista a otro tratando de ganar más dinero y querían una segunda opinión”, cuenta Elizabeth.
“Tenían un impacto social enorme, señaló José, había quienes llegaban desde las dos de la mañana esperando. Solo hacíamos una pausa de 20 minutos para almorzar y a veces eran más de las 8 de la anoche y seguíamos viendo pacientes. Era una alternativa a la medicina capitalista que viven”.
Sin embargo, sus rutinas darían un vuelco después de las elecciones del 20 de octubre. Una sugerencia del mando militar sacaba del poder a Evo Morales y el Estado plurinacional se volvió una masacre y los cubanos estaban en medio de los enfrentamientos como símbolo enemigo de la esperanza del primer presidente indígena.

“Todavía me despierto por la madrugada y me cuesta dormir, confiesa Oleicy. Fueron días muy estresantes. En Montero éramos la brigada más grande. La casa en la que vivíamos tenía un solo acceso, una puerta de cristal, nos pasábamos la noche en vigilia, acostados vestidos con todo recogido”.
“Como mismo nos llamaban para decirnos ‘tranquilos no vamos a dejar que les pase nada, comentó Rosa, también nos llegaban comentarios de que querían golpearnos, lincharnos, prenderle candela a las casas con nosotros dentro”.
La salida para Santa Cruz no fue mucho menos tensa. La policía los despedía en los municipios entre las preguntas catalizadoras de conflicto de algún curioso. “Nos dividimos, dijo Oleicy, para ir hombres y mujeres en los carros como medida de protección. Todos nos ayudamos y nos asistíamos en las necesidades”. La casa de tránsito fue otra historia de miedos en medio de la tristeza por dejar a sus pacientes bajo una fuerte campaña político-mediático en contra.
Se reorganizaron en las habitaciones con varias personas. Por seguridad las mujeres fueron ubicadas en la planta baja de la edificación, se pusieron turnos de guardia para atender la puerta. Dos visitas no esperadas llegaron hasta ahí.

Elizabeth nos narró de primera mano “ una vecina llamó a la policía y les aseguró que había visto armas. Por eso llegaron y detrás fue la Interpol. Nos quitaron los celulares, miraron el chat de WhatsApp de la brigada. Lo revisaron todo, abrieron los bultos, sacaron sábanas, toallas. Incluso humillaron a algunas doctoras que las hicieron desnudarse en busca de armas y drogas. Fue una humillación terrible”.
“Nosotros llegamos al otro día de estos sucesos a Santa Cruz, comenta Rosa. Yo le digo el temor que sentí allí no lo tuve en Mali. El coordinador siempre nos pidió calma, pero a veces rompíamos a llorar porque era muy fuerte todo”.
Los momentos en el aeropuerto fueron tensos. Los perros anduvieron sueltos todo el tiempo entre los colaboradores y sus equipajes. Se mantuvieron de pie o tirados en el piso porque no había asientos. Rosa y José recuerdan las palabras del vice-cónsul cuando les pidió que abordaran el avión en orden, con el pasaporte bien abierto.
“Bolivia no le permitió a la tripulación reabastecerse de combustible, tuvimos que esperar más de dos horas para salir, señala Oleicy, todavía no estábamos tranquilos, pero el cónsul nos dijo que iríamos a un país hermano. En Venezuela fue donde nos sentimos seguros por primera vez en muchos días”.
“Sabíamos que Cuba nunca nos iba a abandonar. Esa siempre fue nuestra certeza, asegura Rosa. Al salir de Caracas José me dijo ‘ahora sí vamos para la casa’. Cuando llegamos a La Habana hubo quien cantó, aplaudió, lloró. Yo solo agradecí a Dios y le pedí que cuidara a los más de 500 hermanos que todavía estaban allá”.
Entonces, mientras se enjugan los ojos responden lo que no te atreves a preguntar, lo que te atormenta el alma. Pero la historia una vez más te sorprende, y como si fueran un coro, como una sinfonía perfecta de solidaridad te asegurán: “ahora vamos para donde nos digan. Regresamos a Bolivia. Vamos donde haga falta que estemos. Donde nos necesiten”.
Certezas así valen las historias de vida. Las vidas que se viven en entrega. Las que se cuentan mejor siendo un ser humano que una periodista. Ambas cosas pletórica de orgullo nacional.

Acerca de lamariposacubana

Periodista. Adoro las mariposas y mi familia (la de sangre y la que la vida ha puesto delante de mí: los amigos). Me encanta escribir. Orgullosa de ser hija, amiga, tía y hermana.
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