El precio de la libertad

Llega enero con un primer día siempre rebelde. Con la fuerza arrolladora de un pueblo que dijo basta y echó a andar en los hombros de sus mejores hijos; aquellos que subieron el firme de la Maestra y probaron que con la suerte de los pobres bien se puede morir de cara al Sol.

Los que le bajaron desde la Sierra, y los que dieron mucha tángana en el llano, llegaron héroes ante los ojos de la patria, la misma que los acunó en su seno y les abrió las puertas de un país que hacía mucho tiempo esperaba la libertad necesaria para soñar.

Lo difícil vino después, construir desde las ruinas de una década dorada en casinos, sexo barato, droga y discriminación; instituir derechos y crear consensos desde la heterogeneidad de las individualidades todas lo más difícil es ahora cuando la mirada del buen vecino levanta sus barras y sus estrellas por encima del muro de un bloqueo, que no le interesa quitar, y entonces, el pueblo no puede olvidar que un marine nunca vendrá de amigo a estas tierras.

57 años después de la caravana, de los barbudos de tomar por asalto lo imposible, seguimos en pie. Nos apuntalan los héroes, los que encanecieron de verde olivo, los que vinieron en el Granma, los que se crecieron en Girón, los que tomaron cuartillas, los que cortaron los millones en el 70, los que no se fueron el 90, los que volvieron a África, los que sanan y enseñan en cualquier latitud, los que están.

Nos enorgullece el eterno abanderado, el mejor soldado de Cuba, que desde sus tres años vaticinó el futuro a Batista en la escuelita cívica de Birán. Nos sostiene el ejemplo del Comandante en Jefe invencible, el gladiador que saludó al César desde la primera línea y prueba sus palabras con el pecho abierto delante del pueblo.

Cada enero lo recuerda: la libertad tiene un alto precio: saberla mantener. Cada primero nos reafirma como un pueblo mayoritariamente de Patria o muerte.

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Volver a casa

10600362_10153457945571339_5722534284297154423_nHace un año no escribí. Hoy casi no escribo.

Hay días en lo que nada de lo que escribas aquilatará sentimientos y razones. Este es uno de ellos. Este será uno de ellos cada vez que sea 17 y diciembre.

Hace un año, en medio de una charla universitaria un papel cambiaba el rumbo del diálogo. La posibilidad era algo que ahí, alejados de internet y de la TV (que no confirmó nada hasta el mediodía, ni compartió las imágenes añoradas hasta la noche) llevó un poquito más allá del delirio la esperanza siempre cultivada durante tanto tiempo.

¿Sería cierto?. Desde que esa bendita posibilidad surcó la realidad la gente, sus miradas y sus gestos, soñaban despiertos si de verdad, si al fin, la razón había triunfado.

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Verlos afianzó todas las certezas, y en la mayor de todas el pueblo enjugó sus lágrimas de felicidad: esta Patria pare Héroes, y cinco de ellos habían cumplido su promesa de defenderla a costa de sí mismos, y otro, le había cumplido a ella su palabra de devolvérselos a su seno.

Y entre los abrazos compartidos y la felicidad colectiva comenzó a repetirse la misma palabra: gracias; de ellos a quienes nunca cejaron en el empeño, de nosotros por probarnos con 16 años de sus vidas que se puede amar un proyecto social y una nación al precio de la libertad.

Esa que René y Fernando no habían tenido de veras hasta ese día. La que solo disfrutó Gerardo en los brazos de Gema y Adriana; o Ramón en los de todas sus mujeres, y Tony en los de la “marianísima” Mirta.

image-1Después del bálsamo de la familia dos visitas obligadas: a quien marca los derroteros de la nación y a quien supo convertirla en República de todos y para el bien de todos.

12241224_491594387688831_6231276726576022642_nLuego continuaron las gracias, los abrazos, las lágrimas, las voces cortadas, la felicidad de lo logrado. Porque muchos y buenos pelearon por la justicia desde la dignidad de la razón.

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Un año después sigue siendo el 17 de diciembre un día mágico. Lo será siempre.

Un pueblo de fe ganó su batalla de 16 años, Babalú ayé cubrió con su manto la fiesta; el vecino poderoso reconoció su error histórico, los hijos regresaron a su Patria, dispuestos a volver a empezar otra vez por ella, porque hay amores que valen la vida entera.

Y hay días que la llenan… porque no hay como volver a casa

Fotos: Ramón Frontera Nieves, Ismael Francisco González Arceo. Video tomado de Cubadebate.

 

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Augusto

augusto_enríquez_lppAugusto Enríquez vino a mi Camagüey a cantar canciones de Silvio Rodríguez y yo fui feliz doble.

Primero porque Silvio siempre es un gusto inclasificable, y segundo porque Augusto fue mi primer novio (aunque él nunca lo supo).

Si, desde que lo descubrí en la pantalla de mi Krim 218, dice mi mamá que cuando tenía tres años, aseguré que era mi novio, y me aprendí todas las canciones de Moncada, hasta el día de hoy, y odié a Alexis Morejón cuando ocupó su lugar en el grupo, y lo seguí a él después en su carrera en solitario.

12386756_10207692061080090_1287132135_nDesde entonces encuentro hilarante su portentosa voz, y ya no debería ser noticia que no hay pieza que se le resista, desde las del gran Benny Moré, a lo jazz band, o ahora Silvio, que siempre ha sido mucho Silvio, y cantar sus letras una obra titánica.

Nadie escatimó en aplausos una vez que puso un pie en el escenario, y él lo agradeció con profundas reverencias y con una entrega evidente en cada uno de los números.

12366662_10207692058400023_1298950910_nJusto cuando llega a los 30 años de vida artística puede vérsele como en aquellos años de melena más larga, y unas cuantas libras de menos: alegre, desinhibido, con ademanes casi infantiles para marcar el compas, con una voz limpia capaz de rajar paredes.

Con su llegada a mi Camagüey en casa volvió a ser tema de conversación mi novio, y yo volví a recordar este noviazgo de 25 años; por eso la broma de la semana fue que el concierto estaba dedicado a mí, y fue cierto, abrió la tarde con Mariposas.

PD: Las fotos son de Leo.

 

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África a color

 

 

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Enrique escribe con ángel. Así le dije a una amiga luego de leer su crónica desde Monrovia, capital de Liberia. Leerlo es como conversar con él en rato de agradable y fructífera lectura; porque cuando tienes en las manos un texto suyo te encuentras ante la idea exacta, esa que ajustada sin fórceps alguno a la imagen narra su historia.

Sí, porque Enrique es un reportero que cuenta historias: la del médico cubano en medio de la Amazonia; la de Tony, el condiscípulo Héroe; o las de sus Héroes personales: El Quijote, Martí, el Che, Fidel y su padre…, que no son más que contar la historia de Cuba, la historia profunda.

Cualquiera diría que me salgo del tema, pero no. Para contar estas y otras historias Ubieta se acompaña siempre por su cámara, aunque sea para dar una vuelta por la Habana Vieja; y lo ves, cuando ocurren esos segundos mientras se debate en la búqueda del cuadro exacto para apretar el opturador y contar la historia en píxeles.

Desde África, escribió imágenes desgarradoras:

“Cuando los médicos y enfermeros cubanos llegaron las calles estaban estaban desiertas y el curso escolar interrumpido. ‘Se olía la muerte’, me dijo uno de ellos”.

Y las de la esperanza:

“Las personas identifican a los cubanos en la calle, les sonríen, es decir, sonríen, y ese verbo adquiere el tamaño de la vida”.

Esas son las historias que hoy Enrique Ubieta comparte con nosotros: las de la vida después del Ébola en África, un continente donde a fuerza de vidas, incluidas cubanas, se ha espantado a la muerte más veces de las que se pueden contar.

Porque África es un continente de vida a color… y de eso cuentan estas fotografías.

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Misa del #PapaFrancisco en La Habana

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Hombres, pueblos y fe (Video)

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Fe (+ vídeo)

Leandro Armando Pérez PérezCon extrema gentileza Mons. Juan de la Caridad García Rodríguez nos recibió en la tranquilidad de la sede del arzobispado de Camagüey.

Para quien es reconocido por su obra misionera, no fue sorpresa que el motivo fundamental de nuestro encuentro fuera la esperada visita del papa Francisco a Cuba.

Sin embargo, mientras subía los escalones a la segunda planta de la vieja casona convertida en obispado hace casi 100 años, no podía dejar de recordar mi infancia y las veces que había subido esos mismos escalones para tropezar con la sonrisa tierna y los ojos cariñosos de Monseñor Adolfo. Seguir leyendo

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