Paz

Y por supuesto que hubo Paz… y hubo guerra…

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Presidio

Nada me dolió más en ocho días en la Isla de la Juventud que la imagen del Presidio. Seguir leyendo

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Isla de la Juventud

Viajar con amigos es un placer indescriptible. Reencontrarse, reír y discutir con ganas, compartir vivencias son privilegios de la amistad, de la que se funda más allá de cualquier casilla en un formulario.

Por eso recorrí más de 600 kilómetros para llegar a La Habana a un apartamento lleno de corazones inmensos donde siempre cabe uno más y los abrazos son medicina natural para los males de estómago.

Destino: al Sur de mis fronteras, mar por medio, a 60 millas de Cuba, la Isla de la Juventud. Seguir leyendo

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Abra

Martí,

Esos pisos los marcaste, esa era tu vista todos los días. Esos fueron los últimos parajes de Cuba que miraste antes de partir.

Allí fuimos, a encontrarte otra vez.

Te buscamos en las historias, en la cocina, en los pasillos, en la ventana ancha, en la palma del fondo del cuadro.

La tarja recuerda que es monumento nacional, el reloj solar, que desde entonces el tiempo ha pasado. Las vigas por cambiar que todo tiene su final, pero tú no.

Dicen que un día como hoy te mataron en Dos Ríos, ahí también fuimos y no te encontramos muerto, y definitivamente en la Isla estás joven y vivo.

Allí escribiste, romanceaste, uniste y fundaste, tus verbos favoritos.

De ahí te llevamos más cerca, más humano, más nuestro.

 

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Colony

Hay muelles y hay puentes en la Isla de la Juventud.

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Murió un hombre bueno

Murió un sacerdote bueno. Las palabras de Kapuściński martillaban mi mente durante el último adiós: “si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino”; porque la muerte del padre José Sarduy Marrero significa la partida de un hombre bueno.

A sus 83 años desbordaba extremas dulzura y alegría. Vestía de impecable guayabera, su andar, de pasos cortos y apresurados, su cabellera blanco marfil, su mirada amorosa y su picardía seguían siendo el sello del cura que conocí 22 años atrás frente a la pila bautismal.

Formado en las Escuelas Pías, maestro de profesión, hizo del sacerdocio el mejor ejercicio pedagógico para su comunidad; y aunque no compartía muchos procesos de nuestra vida cotidiana jamás usó el púlpito como escenario de críticas, porque Sarduy también era justo.

Siempre estaba cerca de los jóvenes, a educarlos se entregó como Rector del seminario San Agustín, ocupación en la que fue sorprendido por la muerte.

Era un hombre con esperanza, así lo definió Mons. Willy minutos antes de pedirle a los fieles que fueron a despedirlo, en santa misa a la iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes, que cumplieran su voluntad de cantar Color esperanza de Diego Torres. (Seguía dando lecciones de vida desde el ataúd azul violáceo que presidía el templo, así también es Sarduy)

Sarduy obró siempre, ese pretérito imperfecto que acompañará desde hoy todos los diálogos en su nombre, desde la más extrema sinceridad. Por eso fue acompañado entre aplausos, redobles de campanas y lágrimas en su última procesión fuera de una iglesia, esta vez hasta el reposo del Campo Santo.

En el camino las miradas buscaban el consuelo en un brazo hermano y la discoordinación de algunos denotaba cierto aire de orfandad para la que no estaban preparados; el paso de todos, callado y sentido, hasta Cristo No. 14 demostró la dolorosa verdad: murió un hombre bueno.

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La Revolución vive

12115508_762955383834656_2740687418023916310_nEn la Revolución se obra para ella. Desde Céspedes hasta Villena, desde Manzanita hasta Guiteras, desde Frank hasta Los Cinco, desde siempre hasta Fidel, muchas vidas dan fe de ello.

La Revolución vive de vergüenzas como las de Ignacio. Sí, porque El Mayor lo supo cuando tenía pocos hombres a su lado y el Comandante le gritó al mundo que “un pueblo blandengue” no tiene derecho a una Revolución. Seguir leyendo

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