Isla de la Juventud

Viajar con amigos es un placer indescriptible. Reencontrarse, reír y discutir con ganas, compartir vivencias son privilegios de la amistad, de la que se funda más allá de cualquier casilla en un formulario.

Por eso recorrí más de 600 kilómetros para llegar a La Habana a un apartamento lleno de corazones inmensos donde siempre cabe uno más y los abrazos son medicina natural para los males de estómago.

Destino: al Sur de mis fronteras, mar por medio, a 60 millas de Cuba, la Isla de la Juventud.

Experiencia 1: Catamarán.

Batabanó se fue haciendo pequeño hasta que desapareció. A mi lado un amigo sincero, la mejor compañía posible, a nuestro alrededor el verde más profundo hecho mar.

Tres horas, una película, dos recetas de cocina, y cuatro promociones de la empresa náutica (y la simpática colocación del salvavidas en caso de accidentes), el Iris atracó.

Y aunque es imposible ver los límites geográficos de la Isla es poco probable no sobrecogerse… por unos días seríamos isleños y colonizadores de buena fe.

Experiencia 2: Villa Bibijagua

El mar siempre salva, ese plato inmenso de agua llena y cura. Tenerlo a solo pasos es el mejor plus de Bibijagua.

La arena negra embruja, imanta; el agua fría, a prueba de valientes, limpia.

Allí dejamos parte de nuestra sangre a los mosquitos, mucha paciencia en restaurante y las espinas de un pargo.

Experiencia 3: AHS/Áncora/Uneac

En Batabanó recibimos la invitación: Nelton Pérez regresaba a su Isla amada y nos esperaría en la sede de la Uneac para su peña habitual.

Llegamos para compartir poemas irreverentes y singulares, como sus autores, un maravilloso descubrimiento, un alimento perfecto para correr a la librería a cumplir el plan de venta del mes y llevarnos letras frescas para los recorridos diarios.

Áncora, es una editorial con un trabajo en diseño y selección de obras de alta curaduría, una apuesta interesante de la AHS.

La filial de la AHS en la Isla es una suerte de Quijote batallando contra molinos; así se hicieron de su sede (salida de un basurero y de la necesidad de orinar de un artista), su presidente Randy González Enamorado muestra orgulloso el trabajo de su tropa y sabe que no ha terminado, muchos detalles y mucho apoyo faltan para que la casa esté a la altura del arte joven pinero.

Experiencia 4: Historia

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La Isla es más que el presidio, lo estimulante que resulta el mar por todas partes, y la sensación de descubrimientos.

Nuestra historia,  nuestro pasado y futuro no solo dependen de lo que ocurrió de Pinar a Guantánamo; la Isla es mucho más que el tratado Hay-Quesada, es un trozo de nación que late más allá del mar.

Conocer en la casa de Jesús Montané Oropesa que su hermanita sacaba de las narices del ejército mejor alimentado por Estados Unidos de este lado del planeta a los jóvenes que se habían “encaprichado” en desafiarlo fue volver a convencerme que nuestras Marianas siempre han sido muy Marianas, así como encontrar huellas de una revolución y de muchas personas que se sumaron a la causa pro amnistía para los moncadistas por todos lados es como entrar y caminar por la historia.

A la Isla-prisión también llegaron miles para nunca más salir, para ellos solo había un recuento cada domingo; también llegaron polacos, otros europeos en busca de un nuevo mundo americanizado.

Experiencia 5: Abra

Sin escalada, sin una prueba, no hay guerrilla. En esta ocasión el Abra fue el reto. Ciertamente cuando pensamos que subíamos ya habíamos llegado.

A mí me costó mucho la bajada, por suerte la familia nunca falla y Kike cargó conmigo en el descenso.

Experiencia 6: Colony

Sin poder salir de la Isla, por mal tiempo, y con el plan oficial concluido,  echamos mano de nuestra mejor opción: explorar.

Así salimos de Bibijagua rumbo al paradero para quedarnos perplejos por el orden y seriedad del transporte público que sale POR HORARIO y LO CUMPLE, y la cola es ORDENADA por un INSPECTOR, todo un ejercicio casi alienígena para nosotros los llegados de la isla grande.

Lo que vino después fue una hora de recorrido hasta el sur, 40 kilómetros hasta el Colony, por el camino miramos de cerca a la escultura de la célebre ubre blanca, varios asentamientos y peculiares bodegas.

Sesenta minutos más tarde llegamos al Colony, un modesto pero esbelto hotel cuyo mayor atractivo, más allá de su historia ligada a Meyer Lansky, está en la virginidad de sus playas de arenas finas y conchas multicolores; un paraíso en el más remoto y último lugar del país, un viaje que bien vale la pena.

Experiencia 7: Jhones

Explorar la Isla, sin rutas ni programas, en las dianas de todos los pineros, sobrecargando su diarismo fue una experiencia extraordinaria.

La amabilidad de la gente, sus miradas, sus conversaciones, el soportar nuestro concierto incesante en sus rutas de ida y regreso a casa.

Nos embullamos para ir a descubrir una “jungla”, en la que había monos, especies diversas, áreas para explorar… de todo eso quedaba el recuerdo y un mono solitario; una mezcla de ceiba con mango nos incitaba a pedir deseos, y varios tocamos el árbol.

Experiencia 8: Regreso

Al octavo día reinició el servicio marítimo de pasajeros. Ganas no nos faltaban de regresar a casa.

Cuando subimos al Iris dejamos atrás todos esos lugares, a la gente que conocimos, el chófer que usaba gorra de chófer, el instante en que pasamos por frente al presidio y cantábamos Son los sueños todavía, los libros que iban de mano en mano, las tertulias interminables, Trolls, el pelo de Gel.

Fue un privilegio conocer la tropa de los medios de prensa del municipio, que funciona como provincia, igual que las demás, con los recursos mínimos indispensables, como todos, pero con las ganas a tope como para tener un servidor donde guardar toda la trasmisión radial digital del año, o innovar un telepronter, o hacer renacer un periódico con una tirada de seis mil ejemplares, y soñarle una página web a su medida; igual que la maravillosa gente de la Upec, por mucho la mejor Upec que he conocido en el país, porque la mayor grandeza no está en lo que pones en la mano sino en extenderla, y en eso los pineros son inmensamente nobles.

Por eso lloré como niña en el museo cuando el historiador defendía la punzada a la nacionalidad cuando se resume al país en una isla sin contar con los pineros, y yo que tantas veces después de país, nación, Cuba, ponía un Isla, así, en alta, como sinónimo de Patria sentí vergüenza y me prometí no ultrajar más nunca a mi archipiélago.

Todo eso, como flachazos, llegó a mi mente en la salida. Batabanó fue la mejor película del oeste en vivo que he visto en mi vida: el orden y la casi disciplina de la ida se convierte en un sálvese el que pueda en la ruta hacia La Habana.

Una hora después y con más de la mitad del trayecto por hacer llegamos a la terminal, Joaquín (un nombre que me recordará por siempre buenas noticias), escuchó mi pregunta tres veces y respondió tres veces que sí, que fuera a chequear, que en una hora salía para Camagüey.

Ese ha sido el viaje de regreso a casa que más he disfrutado. Lo miraba todo como embobecida: el hombre roncando a mi lado, la música del celular del chico de dos filas atrás, los muchos abrigos que subían y bajaban… mientras, yo acariciaba un refresco que, comprado en La Habana, tomé en Jatibonico, en medio de un apagón.

A las 11:15 p.m. entré a Camagüey, la Isla de la Juventud venía conmigo en mi equipaje y en mi alma, tanto así que no he dejado de contarla.

 

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Acerca de lamariposacubana

Periodista. Adoro las mariposas y mi familia (la de sangre y la que la vida ha puesto delante de mí: los amigos). Me encanta escribir. Orgullosa de ser hija, amiga, tía y hermana.
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