Mico

mico y yoCreo que nunca fui justa cuando te dije te quiero, no hay palabras para describir este sentimiento; el sentimiento que fuiste armando con tus manos fieles y tus ojazos sinceros.
Solo tú podías haber conseguido que durante tres noches seguidas, enferma y con fiebre, te recibiera en la sala de mi casa para un diálogo sin fin, diciembre y arbolito por medio; hoy me doy cuenta que tú fuiste mi regalo de navidad ese año.
Desde entonces no faltaste nunca: para arreglar los problemas de electricidad de la casa, para ser la primera persona en abrazarme después del vals de mis 15 años y, o ser lo suficientemente alocado como para llevarme a un concierto de Varela (y después sorprenderme escuchándolo mientras hacia mi tesis de licenciatura), o aun siendo ruso bailar casino, o pedalear conmigo a cuesta en mi primer día de universidad y tampoco faltaste en el último, porque también estabas ahí, planeando junto con Carlos Alberto como agarrar por el cuello a mi oponente que no dejaba de hacer preguntas.
En medio de todo esto, volviste a tus amigos mis amigos, aguantaste estoicamente mi mal carácter, y hasta lo domaste; me enseñaste a tolerar las más duras críticas, que venidas de ti dolían el doble; y aceptaste los límites de una fe católica fácilmente opacada por mi roja militancia, que muchas veces no entendiste pero siempre respetaste.
Para nosotros llegó el momento del silencio, sin mediar palabras nos dimos los más grandes regaños y nos hicimos las más abrumadoras confensiones, quizás, a veces, acompañados de un “lo sé”. Fue entonces cuando se volvió práctica descubrir en la mirada los estados de ánimo, por una llamada la urgencia de vernos, de paso comenzaste a hacer a mi madre tu madre.
Muy en contra de todo y de todos, de la teoría de las probabilidades, del efecto mariposa, de la cordura, hubo un día en que te odié.
Te odié porque cuando decidiste irte no tuviste el valor de decírmelo a mí, en mi cara, porque después te enredaste lo suficiente como para dejarme tres minutos del tiempo que te quedaba en Cuba para mí, como si yo fuera una más del montón de personas para decir adiós.
Te odié porque no tuviste el valor de decirlo y lo enmascaraste en un consejo en el que redujiste tu vida como señal de alerta.
Te odié y me odié por odiarte, porque es algo así como odiar mi brazo derecho y te odio hoy por las lágrimas que al fin salen después de días de ausencias y porque pasará mucho para el próximo abrazo, la malta a las 10 de la noche, una película cubana compartida, el trago de vino…
Y entonces volverán los silencios y los “lo sé” porque la familia es familia siempre y ese es un amor incuestionable.
Te extraño.

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Acerca de lamariposacubana

Periodista. Adoro las mariposas y mi familia (la de sangre y la que la vida ha puesto delante de mí: los amigos). Me encanta escribir. Orgullosa de ser hija, amiga, tía y hermana.
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2 respuestas a Mico

  1. Rebeca dijo:

    Este escrito fue hecho con el corazón, como siempre escribes Carmen Luisa, te felicito, un abrazo para ti y otro para Artur, mi muchacho querido…..

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