Karlyta, ¿peinada?

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No aguanta nada en la cabeza”. Así de simple zanjó el diálogo el papá de mi Karla. Con esta sentencia esperó que yo me rindiera ante el hecho de que mi sobri anduviera siempre con el pelo sobre los ojos.

Como aún no he aprendido a medir la exacta dimensión de algunas de mis locuras me dispuse a probarle su error.

Compré ocho felpitas- ¡nada más y nada menos que ocho!- y en cuanto se las enseñé gané el primer asalto pues muy dispuesta fue a buscar el cepillo para pasar a la etapa del peinado.

Ahí fue donde por poco me haló los pelos yo. No miento si digo que nunca antes había cogido un peine para peinar a alguien de unos 40 centímetros que no fuera una muñeca.

Por eso los movimientos de cuello al mejor estilo Sanyo y las manos metidas en la cabeza me fueron cortando las alas. Cuando definitivamente me convencí de que no lograría hacer una línea recta pude sin complejo alguno hacerle seis moños desalineados.

Así fuimos a pasear, a jugar, a hacer como que leíamos juntas… todo estuvo bien hasta que ella decidió peinarme a mí.

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Acerca de lamariposacubana

Periodista. Adoro las mariposas y mi familia (la de sangre y la que la vida ha puesto delante de mí: los amigos). Me encanta escribir. Orgullosa de ser hija, amiga, tía y hermana.
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