Papi

Carmen Luisa Hernández Loredo.

 Pocas cosas no le dije. Para mis entonces veinte años era, lo que es hoy, mi príncipe encantado, mi enamorado fiel. Besarlo y abrazarlo era un ritual que terminaba en la gloria.

 Como Julieta -sin resquebrajar su hombría indiscutible-  la ansiedad lo consumía cada vez que era anunciada mi llegada -o la de Carlos Alberto-,  se aseguraba de recibirnos en el portal – siempre con un regaño por la demora del tiempo exacto para llegar, que eran horas para ver a sus nietos-hijos-,  y esa sonrisa mágica que derrite témpanos.

 Ya allí, “en la casa de papi”, cualquier sueño podía hacerse realidad, cualquier historia es inmemorable y nuestra; cada rincón tiene su marca. Cada visita era planificada con sacro orden.

 Ahí mismo, sin pasar del umbral me hacía una lista de los planes del día: las anécdotas del círculo de abuelos,- sepan que papi no tiene el dos en las buenas y las malas-, la broma que le gastaríamos a mi tía y cualquier proyecto de último minuto.

 Si la mata de guayabas había “parido” la primera parada era en el fondo del patio con una vara en mano para “tumbar” algunas frutas; dificultad número uno: no siempre mis casi un metro cincuenta me permitían llegar, y ahí estaba él llamándome a crecerme, y si no resultaba se encargaba de que no riera de último la guayaba escurridiza.

 Luego se aseguraba de que las lavara y les cortara las puntas, me ponía un plato con sal en la mesa, se sentaba en su taburete, subía mis pies a sus piernas y disfrutaba de verme comer mi primera merienda del día.

 En el comedor podíamos estarnos horas conversando de “palo para rumba”: de mi escuela, la historia de Cuba- este país tan metido en su piel y su sangre-, la familia, algún recuerdo de abuela Luisa; y “entre col y col” me cargaba y arrullaba en sus piernas, ocasión que yo aprovechaba para morderle las orejas y jugar con su pronunciada nariz.

 Su cuarto es un templo de amor para mí, desde la misma puerta, con las marcas que le hacia cada vez que me medía para dejar constancia de cuánto había crecido. En su cama podíamos hacer una galería con todas las fotos familiares que guardaba, de hasta cuatro generaciones antes de la mía, o bien podía él intentar dormir mientras yo se lo impedía.

 Son incontables las veces que intenté levantarme antes que él para despertarlo, lo más cercano que estuve de hacerlo fue un día que le dio tiempo a volver a cerrar los ojos antes de que me subiera en la cama y así, hacerme creer que lo había logrado. Ese día, como todos los demás, salimos de su cuarto directo a la cocina, yo me sentaba en su taburete y él hacia el café del desayuno.

Con sus manos de obrero, estibador, machetero y padre, me armó una casita para que jugara en el patio. Con las mismas manos que me enseñó a cuidar las plantas, en especial las orquídeas de mi abuela Luisa que con tanto amor protegió siempre. Puedo jactarme de haberme adueñado de su mata preferida, luego de una cariñosa discusión que me dejó ganar.

 Mi mayor placer era oírlo llamarme “mi cielito lindo” y darme un “beso sonado y grande” como yo siempre se lo pedía, o “el besito esquimal” después de las comidas. Él como nadie sabía hincharme de orgullo cuando me decía que me parecía a mi abuela Luisa o cuando afirmaba ser mi padre dos veces, por ser mi “abu”.

 Historias, vivencias con mi abuelo tengo por montones. Por un pedido de alguien especial accedí a compartir éstas; las demás son sólo nuestras. Sé que muchos recuerdan a Oscar por su estatura física y moral, su jocosidad, su dulzura y su rectitud; yo nunca lo dejo de pensar, simplemente porque es mi papi.

Acerca de lamariposacubana

Periodista. Adoro las mariposas y mi familia (la de sangre y la que la vida ha puesto delante de mí: los amigos). Me encanta escribir. Orgullosa de ser hija, amiga, tía y hermana.
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22 respuestas a Papi

  1. RUBEN EXPOSITO dijo:

    Carmen Luisa; he tenido la dicha y el gusto a la vez de ser el primero o uno de los primeros de leer tu carinoso escrito sobre tu querido “papi”. Tuve la suerte de haberlo conocido, al comienzo de los 70, en una de las vicitas a su casa; ya que tu mama y yo fuimos companeros de estudios en esa epoca..
    No recuerdo mucho de el, pero si su nobleza y amabilidad; no las puedo olvidar; en aquel entonces; CL; no habia nacido, pero si alegraba su casa una CL; tu gran “mami”; con un poquito de mas edad que tu ;pero el tambien era su “papi”.
    Te felicito por tu escrito tan tierno y lleno de amor, en el cual reflejas ser la nieta de “papi”.

  2. Auro dijo:

    CL mi “pluma encantada”
    Cada vez que te leo me haces llorar………

    Tu “papi” fue mi papa tambien

    Besos,

    Tia

  3. Carmen: Es bello verte cosechar esa mata de patio familiar con manos de nieta. Ese es el mejor camino, el único destino bueno, que debe tener el periodismo.

  4. nubedealivio dijo:

    Mi Mariposita, en estos momentos solo puedo pensar las cosas que diría ese Papi si viera este blog tuyo, siempre tan familiar, tan Loredo! Seguro sería el punto número uno de los temas de conversación en la mesa de las guayabas… y a mí tendrían que hacerme un lugarcito y tumbarme también alguna madura, sin sal. Besho de tu Tunie.

  5. izmatopia dijo:

    Querido bloguero, usted ha sido nominado al Concurso El Buen Nieto y le ruego chequee esto enlaces y entenderá mejor de qué se trata:

    http://izmatopia.wordpress.com/2012/04/12/el-por-que-de-la-encuesta/
    http://izmatopia.wordpress.com/2012/04/13/al-fin-los-nominados/

    Esto no es spam, es solo un homenaje a los abuelos y un reconocimiento a quienes escriben sobre ellos.

    Gracias.

  6. Pingback: El Club del Buen Nieto. « Diario de una hedonista.

  7. Mar dijo:

    te devuelvo el Me Gusta… pero tienes que poner más, uno no alcanza. Por qué será que l@ abuelit@s siempre sacan cosas bonitas de adentro?

  8. Pingback: Pasen a VOTAR! « Diario de una hedonista.

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